Tan sólo pronunciar su nombre invita a la lágrima, a esa lágrima que se debate caprichosa pecho adentro de quienes amamos profundamente el automovilismo deportivo...Había nacido en San Pablo un 1ro. de Marzo de 1960 y hoy tuviera 51 años uno de los más grandes como piloto y como persona.
Este es nuestro pequeño homenaje rescatando la nota del día que nos abandonó físicamente porque su imagen perdurará en cada circuito, en cada bandera a cuadros, en cada corazón sin distinción de raza edad o nacionalidad...
Juan Carlos Maimone
Buenos Aires, 1º de Mayo de 1994, Día del Trabajador, día en que todos aprovechan para levantarse tarde y tomarse una suerte de revancha con las amanecidas cotidianas.
Las calles están desiertas y sólo algún anciano atina su primera caminata mientras con el mate humeante en mano, me acomodo para ver el Gran Premio de San Marino. A la misma hora en Balcarce, la tía Carmen le acercaba el matinal té a Don Juan Manuel Fangio que aunque un poco débil, no quería perderse la carrera…
Hacia unos días, allá en el concesionario de Buenos Aires le había preguntado al Quintuple Campeón que opinaba del nuevo contrato de Senna con Williams.
Era tanto lo que Don Juan Manuel quería a Ayrton, que hasta hubiera disimulado una respuesta con tal de no criticarlo. Sin embargo, aquella tarde me miró como pocas veces a los ojos y me dijo: “Sabes, creo que esta vez se equivocó fiero…”
Las dos primeras carreras de aquel 1994, le daban la razón como siempre al “infalible”. No obstante, en San Marino había hecho una “pole” contundente, fiel a su condición, sin rivales y cimentado un interrogante enorme con respecto al resto de la temporada.
En la pantalla chica, reiteraban una y otra vez el accidente de Ruben Barrichello que casi se mata y el del austriaco Ronald Ratzemberger sin la misma suerte y el ambiente se tornó distinto, como lleno de premoniciones… De repente lo enfocan a Senna en su “box”... Muy cerca de él, Beatriz Assuncao, la encargada de prensa; tanto ella como muchos que tuvimos la suerte de conocerlo, no veíamos al Ayrton de las tardes de desasosiego o de los días de desencanto cuando las cosas no andaban, al contrario, lo veía tranquilo, concentrado, pero su mirada estaba perdida, vaya a saber por qué intrincados caminos del pensamiento…En el arranque de la competencia, Ayrton tomó la punta con una partida propia a su estilo, con determinación, como si deseara terminar de una vez por todas con aquel maldito Gran Premio… Un choque en la misma partida obligó al ingreso del auto de seguridad y a empezar de nuevo…
Cuando flameó la bandera verde, ratificó su dominio y se fue como líder… En el sexto giro el paulista encaró la curva Tamburello a 307 KPH, comenzó el dibujo perfecto, fino… Pero su Williams no dobló, siguió de largo para impactar contra el muro de contención, fue algo horrible que las cámaras tomaron de todos los ángulos y reiteraron segundo a segundo. Un sentimiento trágico se me metió en el pecho y con los ojos clavados en la escena, grité con desesperación, me volví loco, pero Ayrton no se movía…
Los paramédicos tardaron casi 20 segundos en llegar al lugar; rápidamente comenzaron a practicarle una traqueotomía para que pudiera respirar y lo sacaron de su habitáculo para subirlo al helicóptero… Apagué el televisor y no volví a encenderlo; un enorme nudo en la garganta me impedía pensar, atinar una esperanza, las imágenes se debatían caprichosamente en mi pensamiento adivinando lo peor. Tiempo después, me di cuenta de que estaba llorando como pocas veces lo había hecho...
Su muerte fue anunciada a las 18 horas de Argentina en un pretendido y escueto comunicado al estilo Williams, frío, calculado, como si no concibieran lo que el mundo del automovilismo, lo que el deporte todo había perdido para siempre.
Muy pocos pilotos consiguieron tantos logros en tan poco tiempo; el amor la admiración de un país, el cariño y el reconocimiento del mundo entero, porque en su transitar por los caminos de la vida se moldeó con la humildad y bonhomía que solo caracteriza a los grandes. De condiciones envidiables, supo ganarse un lugar en el cerrado círculo de la F1 y destacarse como uno de los mejores de la historia. Velocidad y dominio fueron sus principales atributos, esos mismos que paradójicamente, lo subieron a un auto y lo impulsaron caprichosamente hacia la muerte.
Comenzó a manejar a los 4 años de edad sobre un karting potenciado por un motor de cortadora de hierba y de allí en más, sus dotes en el arte de pensar y recorrer asfalto en la menor cantidad de tiempo desde atrás de un volante, fueron creciendo de manera inclaudicable, hasta que de la mano de otro monstruo (Emerson Fittipaldi) llegó a Europa, a la Formula 1.
Sólo una temporada duraría en un equipo débil. En 1985 lo contrató Lotus y en el Gran Premio de Portugal un 21 de abril, sobre piso mojado, su mejor especialidad, alcanzaría la primera victoria. Iba a ser el puntapié inicial de una trayectoria prácticamente inigualable.
McLaren, la escudería que lo había rechazado en un principio, sería la que le otorgaría la mayor de sus alegrías. Campeón Mundial en 1988, en 1990 y en 1991, los tres sobre el mismo chasis y con motor Honda.
En sus diez años en la máxima categoría nunca dejó de pelear los primeros puestos, aunque su especialidad estaba en las clasificaciones: Obtuvo 65 “poles” en 161 Grandes Premios. “El es el único que puede cambiar la historia de una categoría nacida para los pensantes, no para los más rápidos. El es pensante y sin dudas es lo más rápido que jamás han visto mis ojos…”.Decía Don Juan Manuel Fangio que de esto sabía un poco…
Es noche en Buenos Aires y estoy terriblemente afectado por la muerte de Ayrton; es noche en el pueblo de Don Juan Manuel Fangio que desde la mañana permanece encerrado en su cuarto, es noche en Brasil donde la gente llora por las calles, en los bares, en las casas. El mundo no sale de su asombro: Uno de los mejores pilotos que dio la historia del automovilismo, uno de los seres humanos más íntegros del circo de la Formula 1 había dejado de existir.
Muchos extrañaran su impredecible habilidad sobre cuatro ruedas, otros insistirán en que es un deporte muy arriesgado. Y Ayrton Senna lo sabía, pero su pasión por el vértigo era mucho más fuerte.
“Algún día la muerte me va a llegar; puede ser hoy o dentro de 50 años, pero me va a llegar”. Solía decir… Y llegó; llegó como siempre, traicionera, sin aviso, para dejar un lugar vacío en cada grilla de partida y un dolor enorme en el corazón de tantos que amamos profundamente el automovilismo.









