Monday, October 17, 2011

DAN WHELDON

Cuando un Amigo se Va…
por Juan Carlos Maimone

Como un verdadero autómata me siento frente al teclado, sin saber muy bien cómo empezar. Me invade la bronca,  la desazón, las ganas de apagar todo y fugarme de esta noche que preferiría no haber vivido. El dolor… Esa sensación física indescriptible, que surge desde lo más profundo me recorre el cuerpo acompañado por las caprichosas imágenes que reniegan del abandono…

De repente me doy cuenta que mañana será peor y pasado y más tarde, cuando realmente comencemos a vivir el vacío temible, aquel del que hablara el gran Alberto Cortez describiendo cuando un amigo se va…

El domingo había comenzado auspicioso; el podio de Guerrieri, un Sub-Campeonato peleado, merecido del chico de Buenos Aires que había llegado a Las Vegas acompañado de un reducidísimo grupo de amigos para alentarlo, de la alegría de su familia, de su novia, allá lejos, a muchas banderas de distancia pegados a la magia de la Internet para vivir la común alegría del lejano triunfo.

Más tarde comenzaría el show, como siempre, inmenso, impresionante, indescriptible como pocos y hasta me alegré de poder vivir esas instancias reservadas para pocos. Era el “Big Day” para Dan Clive Wheldon, aquel inglesito que hace unos años llegó a tierras norteamericanas, para con su talento, bonhomía y perseverancia, ganarse un sitial enorme en la categoría más rápida del automovilismo deportivo.

A los 33 años se había constituido en un ganador  incuestionable con el galardón de dos 500 Millas de Indianápolis en sus espaldas y decenas de triunfos en los trazados más difíciles del país.

 Sin embargo el recuerdo me lleva por los intrincados caminos de la memoria para recordar otras imágines de Dan; la del ídolo incuestionable en las pistas del karting rodeado de niños, hablando con ellos, compartiendo sus ilusiones, apoyándolos incondicionalmente desde lo moral a lo material. Intercediendo con dueños de equipos, con mecánicos o sponsors, daba todo para que esos adolescentes niños aún, comiencen a vivir sus sueños en el mundo de la velocidad. Aquella tarde de Homestead y la imagen de padre, con Sebastian en sus brazos hasta el momento de ponerse el casco, la imagen del esposo amantísimo, abrazado siempre a Susie, en todos y cada uno de los momento previos a subirse al auto y la alegría del ansiado retorno a la categoría abierto por otro grande en el nombre de Sam Schmidt.

Pienso en el dolor de Gabby Chaves, de Sebastian Ordoñez y en el de tantos jóvenes que su bondad inapelable había convertido en amigos entrañables. Pienso en Oliver y en Sebastián, que habían llegado al mundo para ser los hijos de un famoso y que el maniático destino los convierte en niños que sabrán de su padre por boca de otros, pienso en Susie, en ese largo e inmisericorde camino que habrá de afrontar sin consuelo ni olvidos y pienso en este vacío que provoca su partida y que duele pecho adentro, tan adentro que no me deja escribir.

 Sólo me queda agradecerle a la vida la oportunidad de haberte conocido Dan, no al deslumbrante piloto, ni al famoso; si no a aquel inglesito que en una tarde de Homestead le estreché por primera vez la mano, para saber que lo querría para siempre…


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