Un día decidió que la silla de ruedas no era su celda y buscó la libertad.
Sin embargo, una sociedad viciada
de mediocres le corta impunemente los pasos...
por Juan Carlos Maimone
Lenta pero inexorablemente, Facundo aprendió a ver la vida desde una silla de ruedas, circunstancia que para muchos, se convierte en una sentencia vital, inapelable. Sin embargo; desde la nada misma, él decidió emerger de aquella celda invisible y cumplir su sueño, un sueño loco, lejano, difícil, un sueño al fin: Manejar autos de carrera…
“No puedo caminar, pero puedo correr…” fue su meta y su espíritu de sacrificio, guiado por esa voz que brota desde donde los silencios son el eco del deseo, le dijo que para que pueda surgir lo posible, era menester indispensable intentar lo imposible, que al menos valía la pena intentarlo…
Y vaya si lo hizo. Su nombre transcendió las fronteras y los hombres de bien se asomaron a su incipiente horizonte. Primero llegó un simulador y con él, las primeras carreras virtuales, más tarde un karting, un motor, la posibilidad crecía. Una tarde en el autódromo de Buenos Aires, su cara de niño se vistió de fiesta y con manos temblorosas abrió una bolsa que venía desde muy lejos portando la indumentaria completa para correr, hasta el casco. Uno de los más grandes de la historia la enviaba diciéndole presente a la causa: Don Emerson Fittipaldi…
Entonces se entrenó como nunca, se esmeró como pocos, su sacrificio estremeció a todos los que lo conocimos y enfrentó el primer desafío. Allí salió a relucir su talento, sus ganas, las ansias demoradas que guardaba muy adentro y en su debut, se subió al segundo escalón del podio, dejando atónitos hasta los más cercanos.
Y comenzaron sus triunfos, los premios, los agasajos, la amistad con los pilotos más encumbrados y un horizonte enorme delante de sus aún incrédulos ojos.
Pero Facundo nació en el país equivocado, en el país donde se premia a los fracasados y se le otorga poderes indecibles a los imbéciles, en el país donde lo sobrio y diferente, es visto con desconfianza y donde las ganas de vivir se consumen en la hoguera de las penurias o traiciones cotidianas.
A pesar de haber pasado las juntas médicas y sin mayores explicaciones, le niegan la licencia para competir. Más allá de haber demostrado durante dos años consecutivos, que puede y sabe; más allá de recibir invitaciones para correr en distintos países del hemisferio. En la Argentina nó…!
A muchas banderas de distancia, me niego a creer que el banco de la justicia esté en quiebra, que la ética y el sentido común se hayan extraviado en los desaguaderos del olvido, pero mucho menos puedo aceptar que los que hacen valer sus tristes posiciones desde apoltronado e inmerecidos sillones, sigan cometiendo estos desmanes que en los países civilizados, los hubiera llevado a la cárcel hace tiempo…



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